PERDER PARA GANAR

¿Puede darse esta aparente contradicción de perder para ganar?  Sí puede darse.  Es lo que Jesús nos propone cuando nos advierte que quien pretenda conservar su vida la perderá, pero quien la entregue la conservará.  “El que ama su vida la destruye, y el que desprecia su vida en este mundo la conserva para la vida eterna” ( Jn. 12, 20-33).

Próximo a su Pasión, y ya en Jerusalén, donde iba a ser entregado para su muerte en la cruz, Jesús informó a sus discípulos y a algunos seguidores, lo que estaba a punto de suceder.  Y agregaba que después de “ser levantado de la tierra”,  su Reino se extendería a todos, porque iba a  ser arrojado el príncipe de este mundo (el Demonio) ... y Él, a través de su muerte en cruz y por la gloria de su Resurrección, atraería a todos hacia El.  Palabras de esperanza y seguridad para todos los que nos dejamos “atraer” por El, por  su doctrina y por su ejemplo.

Palabras también de compromiso, porque “dejarnos atraer por El” significa seguirlo en todo ... como Él nos pide reiteradamente.  Y “seguirlo en todo” significa seguirlo también en la muerte.  Por supuesto esto no significa que todos tengamos que morir en una cruz como Él.  Tampoco significa que todos tengamos que sufrir un martirio violento -como algunos sí lo tienen.  Significa más bien ese “morir” cada día a nuestro propio yo.  Significa ese “perder la vida” que Jesús nos pide en este pasaje de San Juan.  Por cierto también nos lo requirió en otra oportunidad, con palabras similares:  “El que quiera asegurar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por Mí, la asegurará” (Mt. 16, 25 - Mc. 8, 35 - Lc. 9, 24).

Morir cuesta mucho.  Y más cuesta la idea misma de “morir”.  Pero la Palabra de Dios es clara, muy clara:  debemos entregar nuestra vida, morir a nosotros mismos, si realmente queremos vivir.  ¿Qué significa entregar nuestra vida y morir a nuestro yo?

Significa entregar nuestros modos de ver las cosas, para que los modos de Dios sean los que rijan nuestra vida, no los nuestros.  Significa entregar nuestros planes, para pedirle a Dios que nos muestre Sus planes para nuestra vida, y realizar esos planes, no los nuestros.  Significa entregar nuestra voluntad a Dios, para que sea Su Voluntad y no la nuestra la que sigamos durante nuestra vida en la tierra.  Es, entonces, un continuo morir a lo que este mundo nos propone como deseable y hasta conveniente.

Ya Dios nos advierte en su Palabra quién es el que rige este mundo:   aquél que es llamado en este pasaje “príncipe (o amo) de este mundo”.  Los valores que nos propone el mundo son muy diferentes a los de Dios.  Los criterios de este mundo son también muy diferentes a los de Dios.  Y cada vez que optamos por ese “perder la vida de este mundo”, cada vez que optamos por “morir” a nuestro yo, es decir, a nuestras propias inclinaciones, deseos, ideas, criterios, planes, etc., de hecho estamos optando por el bando de Dios, que es el bando ganador.

Próximos ya a la Semana Santa, cuando conmemoraremos la entrega total que Cristo hizo de Sí mismo, perdiendo su vida para darnos una nueva Vida a todos nosotros, es tiempo propicio para una profunda conversión. 

Reflexionando sobre las palabras del Evangelio y aplicándolas a nuestra vida espiritual, podríamos pedir al Señor esta gracia de conversión profunda que significa el poder comprender y realizar este ideal paradójico que nos propone y nos muestra Cristo:  morir para vivir, perder para ganar, entregar para obtener.  

 

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