SE VA Y SE QUEDA

Se va y se queda

La Fiesta de la Ascensión de Jesucristo al Cielo es una fiesta importante y de gran significación.  Sin embargo, hace evocar sentimientos encontrados de nostalgia y de esperanza, porque parece una separación.  Pero… ¿lo será?

En cada uno de los anuncios de su partida, Jesús trataba de consolar a los Apóstoles: “Ahora me toca irme al Padre .. pero si me piden algo en mi nombre, yo lo haré”  (Jn. 14,12 y 14).  Inclusive trató de convencerlos acerca de la conveniencia de su vuelta al Padre: “En verdad, les conviene que Yo me vaya, porque si no me voy, no podrá venir a ustedes el Consolador.  Pero si me voy, se los enviaré... les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que Yo les he dicho” (Jn. 16, 7 - 14, 26).

A pesar de tales anuncios, los Apóstoles y discípulos no alcanzaban a entender la trascendencia de lo anunciado.    Jesucristo estaba dejando a Pedro como cabeza de la Iglesia y como su Representante.  Pero también estaba dejando a su Madre como Madre de su Iglesia, ya que siendo Ella Madre de Cristo, era también Madre de su Cuerpo Místico, que es la Iglesia.  Por eso, enseguida de la Ascensión, Ella los reunió y los animó, orando con ellos en espera del Espíritu Santo, el Consolador

Y Jesús les dio una orden, una última orden: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes” (Mc 16, 15-20).  Los mandó –y nos manda a nosotros- a ir, a partir.  “Jesús parte hacia el Padre y manda a los discípulos que partan hacia el mundo… Es un mandato preciso, ¡no es facultativo!” (Papa Francisco 1-6-2014)

Pero, a pesar de la nostalgia de esa partida, en realidad no se trata de una separación, porque Él ha permanecido con nosotros, en una forma nueva.  ¿Cómo?  En la Sagrada Eucaristía.

Además nos dejó dicho: Y sepan que Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20)  ¿Verdad que a veces pareciera que no estuviera, o que estuviera dormido?  Pero de que está, ¡está!

¡Cómo sería la Ascensión de Jesús al Cielo!  Jesús, el Sol de Justicia (Mal 3, 20), ascendiendo radiantísimo a la vista de los presentes.  El impacto fue tan grande que, aún después de haber desaparecido Jesús, ocultado por una nube, los Apóstoles y discípulos seguían mirando fijamente al Cielo.  ¡Estaban en éxtasis!  Fue, entonces, cuando dos Ángeles los interrumpieron y los “despertaron”: “¿Qué hacen ahí  mirando al cielo?  Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al Cielo, volverá como lo han visto alejarse” (Hech. 1,11).

Hay que tomar nota de estas palabras.  Es de suma importancia recordar ese anuncio profético de los Ángeles sobre la Segunda Venida de Jesucristo.  Nos dicen que volverá de igual manera a como partió: en gloria y desde el Cielo.  Jesucristo vendrá, entonces, como Juez a establecer su reinado definitivo.  Así lo reconocemos cada vez que rezamos el Credo: de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin.

Pero por encima de la nostalgia de su partida, el misterio de la Ascensión de Jesucristo es un misterio de fe y esperanza en la vida eterna.  La misma forma física en que se despidió el Señor -subiendo al Cielo- nos muestra nuestra meta, ese lugar donde El está.  Y allí hemos sido invitados todos, para estar con El.  Ya nos lo había dicho al anunciar su partida: “En la Casa de mi Padre hay muchas mansiones, y voy allá a prepararles un lugar ... Volveré y los llevaré junto a mí, para que donde Yo estoy, estén también ustedes” (Jn. 14,2-3). 

La Ascensión de Jesucristo al Cielo en cuerpo y alma gloriosos nos despierta el anhelo de Cielo, la esperanza de nuestra futura inmortalidad, para disfrutar con El y en El de una felicidad completa, perfecta y para siempre.  ¡No dejemos nuestro lugar vacío!

 

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