CUERPOS TRANSFIGURADOS

Transfiguración de Jesús

Así serán nuestros cuerpos cuando seamos resucitados al final del tiempo y al comienzo de la eternidad, porque en ese momento maravilloso seremos transformados. (Flp. 3,17 - 4,1) 

¿Cómo seremos al ser resucitados?  Nos lo dicen tres de los Apóstoles que fueron testigos de un milagro maravilloso:  la Transfiguración del Señor.  Ese milagro fue preludio de la Resurrección de Cristo y es a la vez anuncio de nuestra propia resurrección.

Nos cuenta el Evangelio (Lc. 9, 28-36) que Jesús se llevó a Pedro, Santiago y Juan al Monte Tabor.  Allí se puso a orar y, estando en oración, sucedió ese milagro de su gloria:  “su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y fulgurantes”.  Podemos decir que se medio abrió la cortina del Cielo y ellos pudieron ver algo de la gloria divina.

Pero Jesús tenía un motivo para llevárselos con El al monte.  Días antes les había hecho el anuncio de su Pasión, Muerte y posterior Resurrección.  Y esto los había dejado consternados.  Era necesario, entonces, reforzar la fe de sus más allegados, mostrándoles algo del fulgor y del poder de su gloria.  Era necesario reforzar la fe en su Resurrección y en nuestra futura resurrección.

Ciertamente, seremos resucitados.  Pero para ser eso el camino es el mismo de Cristo:  primero la cruz y luego la resurrección.  Calvario y Tabor van juntos.  Rostro herido y desfigurado por la Pasión, y rostro refulgente en la Transfiguración.  Cuerpo ensangrentado y desangrado en la Cruz, y cuerpo cuya luz traspasa las vestiduras en la Transfiguración, haciéndolas de un blanco indescriptible.

Este impresionante episodio en la vida de los Apóstoles termina -nada menos- que con la intervención de Dios Padre.  Nos dice el Evangelio que “se formó una nube que los cubrió y ellos al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo”, que no es propiamente “miedo”, sino ese temor reverencial ante la presencia de Dios que sobrecoge.

Escuchar a Cristo es seguirlo a El en todo.  Sea en el Calvario y en el Tabor.  Sea en las penas y en las alegrías.  Sea en los triunfos y en los fracasos.  Sea en lo fácil y en lo difícil.  Sea en lo agradable y lo desagradable.  Sea en los aciertos y en los errores cometidos.  Todo, menos el pecado, es Voluntad de Dios.  Todo está enmarcado dentro de sus planes.  Y sus planes están dirigidos a nuestro máximo bien que es nuestra salvación y nuestra futura resurrección.

Pero ¿cómo es eso de resucitar?  El día de nuestra resurrección, Dios nos transformará, nos glorificará con su gloria, nos iluminará con su luz infinita ... es decir, nos transfigurará.  Lo que vieron los Apóstoles en la Transfiguración nos da una idea de cómo seremos resucitados.

Al respecto nos dijo el Papa Juan Pablo II:  “Si la transfiguración del cuerpo ocurrirá al final de los tiempos con la resurrección, la transfiguración del corazón tiene lugar ya ahora en esta tierra, con la ayuda de la gracia” (JP II, 14-3-2001).  Pero eso no es automático:  tenemos que trabajar para que se dé esa transfiguración del nuestra alma.

Porque, seremos resucitados –eso es una verdad de Fe- pero ¡ojo!: hay condiciones para ser resucitados a una vida de gloria y máxima felicidad, en cuerpos transfigurados:  “Los que hicieron bien resucitarán para la Vida; pero los que obraron mal resucitarán para la condenación” (Jn. 5, 29).

 

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