SECUESTRADOS

Adán y Eva, de quienes todos los seres humanos descendemos, fueron colocados por Dios, su Creador –y nuestro Creador- en un estado ideal de felicidad en el Paraíso Terrenal o Jardín del Edén.

En ese estado de felicidad inicial los seres humanos gozábamos de privilegios especiales. Entre otras cosas, ni sufríamos, ni nos enfermábamos, ni moríamos.

Pero nuestros primeros progenitores se rebelaron contra Dios, y perdieron ellos, y nosotros sus descendientes, esa inicial condición de felicidad perfecta en que Dios los había colocado.

Pero, además, al haber aceptado Adán y Eva la engañosa proposición que el Demonio les había presentado en contra de Dios, los seres humanos quedamos en una situación bien comprometida. ¿Cuál era esa situación? Habíamos quedado como secuestrados por el Demonio.

Y no es que éste pidiera ningún rescate, simplemente nos tenía presos. Pero Dios nos ama tanto, tanto, que no quiso dejarnos en esa situación. Por eso preparó y diseñó un Plan de Rescate para la humanidad. Dios, entonces, decide salvarnos ... rescatarnos El mismo. Es decir, Dios viene a hacer por nosotros lo que nosotros no podíamos hacer por nosotros mismos: salvarnos del secuestro del Demonio.

Para esto, era necesario que una Persona divina se hiciera humana, puesto que la ofensa infinita a Dios debía reparase de manera infinita. Y esa reparación sólo podía hacerla el mismo Dios. Pero como la ofensa había sido hecha por humanos, esa Persona Divina también tenía que ser humana.

Llega, entonces, el momento del rescate de la humanidad. Sucede así el más grande milagro jamás realizado: Dios se hace Hombre para salvarnos. Dios viene El mismo a rescatarnos de la situación en la que nos encontrábamos. Y se inicia el Plan de Redención con el humilde “sí” de la Santísima Virgen María, al Ella aceptar ser Madre del Hijo de Dios, del Mesías que rescataría a la humanidad.

El Pueblo de Israel esperaba -equivocado- un Mesías triunfante. Pero no se daban cuenta de que el triunfo pasaba por la Cruz y que luego vendría la Resurrección. Esto nos da la medida del precio de nuestro rescate: nada menos que la vida misma del Dios-Hombre. En efecto, Jesucristo paga nuestro rescate a un altísimo precio: con su Vida, Pasión, Muerte y posterior Resurrección.

Y ¿qué es lo que nos da el Mesías? Jesucristo nos consigue de nuevo el derecho a heredar la felicidad eterna en el Cielo. (Eso lo habíamos perdido).

Ahora bien, ya tenemos de nuevo el derecho a llegar al Cielo. Pero ¿cómo vamos a cobrar esa herencia? Aprovechando todas las gracias que Dios pone a nuestra disposición para ayudarnos a llegar a allí.

El rescate ya está pagado. Pero para ser salvados, Dios requiere nuestra disposición a ser rescatados (como cualquier secuestrado, ¿no?). Nuestra disposición consiste en buscar y hacer la Voluntad del Padre, igual que hizo Jesús.
Para esto, Cristo nos ha dejado muchas ayudas (son sus gracias): su alimento en la Sagrada Comunión y su perdón en el Sacramento de la Confesión. Ayuda muy importante es también la comunicación con El. Y es importante, porque la oración nos hace dóciles y perceptivos al Espíritu Santo, Quien nos lleva por el camino de la Voluntad de Dios.

Con estos recursos, y con nuestra participación, se completa el Plan de Rescate de Dios para cada uno de nosotros. ¿Lo aprovechamos?

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