Cómo ser salvo?

SEÑALES EN EL CAMINO
DE SALVACIÓN

7ª Señal
Amor a la Sagrada Eucaristía

La Sagrada Comunión
anunciada en la Biblia

“El que come mi carne y bebe mi sangre, vive de Vida Eterna, y Yo lo resucitaré en el último día”  (Jn. 6, 54).  “El que come de este Pan vivirá para siempre”  (Jn. 6, 58).

El candidato a la salvación conoce, acepta y vive estas palabras de Jesús.  Sabe que la Sagrada Comunión es el alimento indispensable de su alma.  Necesita la Sagrada Hostia, pues sin ésta su vida espiritual se debilita.  Siente hambre del Cuerpo de Cristo, por lo que recibe la Sagrada Comunión con la mayor frecuencia que le es posible.

Sabe que Dios mismo –Cristo- con todo su Ser de Hombre y todo su Ser de Dios está VIVO presente en la Hostia Consagrada.  Y sabe apreciar y agradecer tan elevado don de Dios.


1.     
Jesucristo instituyó el Sacramento de su Cuerpo y su Sangre en la Última Cena.  Pero ¿dónde leemos en la Biblia que Jesús anunció previamente el Sacramento de la Sagrada Comunión?

En el Capítulo 6 del Evangelio de San Juan.

Juan 6:
32.«En verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo. Es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo.
33. El pan que Dios da es Aquel que baja del cielo y que da vida al mundo.»
34. Ellos dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»
35. Jesús les dijo: «Yo soy el pan de vida. El que viene a Mí nunca tendrá hambre y el que cree en Mí nunca tendrá sed.
48. Yo soy el pan de vida.
49. Sus antepasados comieron el maná en el desierto, pero murieron:
50. Aquí tienen el pan que baja del cielo, para que lo coman y ya no mueran.
51. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que Yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo.»
54. El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y Yo lo resucitaré el último día.
55. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
56. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él.

Nos cuenta el Evangelio en Jn 6, 66 que, al oír esto, muchos discípulos de Jesús dijeron, pensaron y comentaron que ya eso era “intolerable, inaceptable”.

A partir de entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y dejaron de seguirle. (Jn 6, 66)

Y Jesús, lejos de ceder un poco para tratar de impedir la huída de los que le seguían hasta ese momento, más bien exige una elección.

Jesús preguntó a los Doce: «¿Quieren marcharse también ustedes?» (Jn 6, 67).

Nuestra respuesta tiene que ser como la de Pedro:

Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna.»  (Jn 6, 68)

El “Pan” del escándalo terminó en que muchos seguidores de Jesús más o menos firmes lo dejaron al escandalizarse porque les daría a comer el “pan” que es su propio Cuerpo.

Los presentes no lograban entender, mucho menos aceptar, cómo los alimentaría con su propia carne.  Y es que para aprovechar este alimento hay que tener fe.

Esa elección que tenía que hacer el pueblo de Israel y que tuvieron que hacer los seguidores de Jesús en el momento de su discurso sobre el Pan Eucarístico, se nos presenta también a nosotros.  Por eso podemos decir que la fe en la Presencia Real de Jesús en la Hostia Consagrada fue en aquel momento –y sigue siendo hoy- el toque de distinción del cristiano.

Es más, algunos biblistas sostienen que Judas no quiso aceptar a Jesús como el Pan Vivo bajado del Cielo.  Y en este momento comenzó el camino de su perdición.  Así concluye San Juan Evangelista este pasaje:

Jn 6:
64. «Pero hay entre ustedes algunos que no creen.» Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién lo iba a entregar.
70. Jesús les dijo: «¿No los elegí Yo a ustedes, a los Doce? Y sin embargo uno de ustedes es un diablo.»
71. Jesús se refería a Judas Iscariote, hijo de Simón, pues era uno de los Doce y lo iba a traicionar.

Quien cree en el Pan Vivo recibe una realidad espiritual que no se puede ver.  Quien cree participa de la vida de Cristo resucitado.  Quien cree se une a la Vida de Dios mismo.

 

7ª Señal
Amor a
la Sagrada Eucaristía

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de Dios mismo

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